Alejandro Lattapier según Alejandro Lattapier.
Nací hace 22 años, en el mes de febrero, un día 7, número que según la tradición cabalística es el número de la creación. Dios creó el mundo en 7 días y lo creó mediante la palabra. Como lo dice el Génesis: “En un principio fue el verbo”. Por este hecho creó haber nacido predestinado para el arte y especialmente para la creación literaria. Además, puedo acotar también el hecho de haber nacido bajo el signo astrológico de acuario – signo etéreo y místico -, cuya casa es la número 11; número correspondiente a la Sephira Daath (que según los ocultistas corresponde dentro del árbol de la vida en la cábala judía a la esfera del conocimiento oculto que se encuentra sobre el abismo). De allí mi inclinación a considerar el arte como camino de conocimiento y como una búsqueda espiritual. Una búsqueda del absoluto, como lo concebían los románticos alemanes de finales del siglo XVIII y posteriormente lo poetas simbolistas; búsqueda de por sí irresoluta, como lo dijo Novalis en sus Fragmentos: “Por todos lados buscamos el absoluto y sólo encontramos cosas.” Cosas o fragmentos sueltos que, sin embargo, en su transitoriedad son pequeñas manifestaciones de ese absoluto – visto de desde un punto de vista panteísta – que el arte captura y manifiesta en su lenguaje. Buscando librarlos de su estado perecedero y darles su eternidad perdida. Para dar un testimonio de ellos, que no sólo son cosas, son personas, son sentimientos, son situaciones que muestran su belleza y desgarro por un instante y el arte está allí para preservarlos de la fugacidad del tiempo que los devora. Con esto se me viene a la memoria unas líneas de Coleridge que grafican lo que digo: “Si un hombre atravesara el paraíso en un sueño y el dieran una flor como prueba de que ha estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en la mano... ¿entonces qué?” Esa flor efectivamente aparece en la mano como evidencia de ese paraíso perdido y es la obra de arte, ya sea un poema, una prosa o cualquier manifestación artística. Testimonio que inmortaliza lo perdido y fugaz.
Quizás pueda dar la impresión de que me estoy desviando del tema principal de estas líneas, el cual es hacer un esbozo lírico de mi persona. Pero no, creo que al hablar de mis percepciones respecto al arte y de mi arte, es hablar de mí ser más profundo, ya que arte creo que es una manifestación de la esencia más pura del ser humano. Por consiguiente, hablar como artista es hablar de mi verdadero yo. Ese yo que inconscientemente viene a ser un reflejo del contexto histórico en el cual se ve inmerso. Con esto quiero decir que el arte, independiente de la forma en que sea expresado, muestra y viene a ser un espejo del mundo o la sociedad que lo rodea. En ese respecto, creo que mi arte y la forma de belleza que expreso en él, es la relación individual y subjetiva que tengo con él mundo y a la vez el testimonio del mundo o más bien, la sociedad donde vivo. Por ende, mi arte viene a ser una muestra y a la vez una reacción frente un mundo enorgullecido de su positivismo, del progreso material extremo que ha llegado a cosificar al hombre, a enajenarlo hasta perder su humanidad y dignidad. Con políticas totalizadoras que pretenden convertir a los hombres en una masa uniforme de seres sin individualidad y por consiguiente vacíos y enajenados. Con promesas que muestran una falsa felicidad, holográfica y plástica basada en el materialismo. Por lo tanto ,con mi arte trato de mostrar esta deshumanización, a través de poemas y prosas que muestran situaciones de soledad, muerte, angustia, amor desgarrado, cuestionamientos metafísicos, que a la vez viene a ser un reflejo de la miseria y un remezón que busca despabilar de aletargamiento que produce la enajenación y la ilusión del bienestar material. Es como lo decía Baudelaire: Exaltar el mal para resaltar - a través del contraste - el bien y la belleza dormida. Con esto, retomo la idea del comienzo de este escrito recalcando la afinidad que siento por el arte romántico. Ya que busco al igual que ellos, un tipo de belleza que no es el común estereotipo de belleza que impone la sociedad. Sino una Belleza que se encuentra incluso en lo considerado feo o perverso, en la noche, en la muerte, en imágenes y atmósferas melancólicas como las que pueblan los escritos de Edwuard Young o Poe. Elementos que en sí, no tienen porqué ser negativos, ya que se busca con ellos trascender los moldes tradicionales, prediseñados y racionales para llegar a una nueva perspectiva de la realidad, a un ir mas allá: “Caer en el infierno, en el cielo ¿Qué importa?/ caer en el fondo del abismo para encontrar lo nuevo.”
Con esto puedo concluir mi autorretrato lírico, que como lo mencioné anteriormente habla mucho más de mi al referirse a mis concepciones artísticas y de mi forma de arte, que al haberlo hecho relatando situaciones y aspectos de mi persona más triviales y superficiales. Habla de mi mundo interior. Por lo tanto, puedo decir que este soy yo...

